Heal

Desde que nacemos hasta que morimos, no son pocos los temores que nos aprisionan a lo largo de nuestra vida. El miedo a la oscuridad, a los bichos o a perder a alguien, entre otros, traen consigo sufrimiento y sensaciones desagradables, pero quizá exista algo peor a todo ello. Especialmente en la vejez, suceden una serie de transformaciones que pueden provocar que nos volvamos ignorantes ante los cambios, ante lo cotidiano y ante todo lo que captan nuestros sentidos. Y eso es algo que no se puede curar.

La memoria es algo, a su manera, volátil, y su deterioro puede conllevar que se nuble nuestro juicio y que dejemos de entender la realidad. Así, sin importar ante qué tipo de tarea nos encontremos, algunas, por sencillas que resulten, se convierten en auténticos desafíos. En este sentido, Heal trata sobre el día a día de muchos mayores, pero también de muchos parientes y de muchas familias, pues en este título, Jesse Makkonen refleja, con ese estilo suyo tan característico, las consecuencias más graves del envejecimiento.

Una fórmula efectiva

Como ya hizo en anteriores obras como Distraint, Jesse Makkonen nos traslada a una atmósfera poco amigable, gracias a unos escenarios decadentes y sin demasiada vitalidad, aderezados con inquietantes efectos sonoros. Esto, sumado a la escasa movilidad de un anciano con bastón, conseguirá que la ausencia de amenazas externas no suponga un impedimento a la hora de transmitirnos cierta agonía y aprisionamiento. 

A través de esta natural cotidianidad, Heal nos muestra retazos de recuerdos lejanos mediante determinados elementos presentes en los niveles y los diversos puzles existentes. Pero no solo se limita a eso, sino que el entorno en el que nos movemos, sobre todo en función de si es un escenario cerrado o abierto, nos mostrará los altibajos presentes en nuestro ciclo vital. Porque todos los aspectos de nuestra vida están ligados a la variabilidad, ya sea emocional, relacional o cognitiva.

De este modo, el juego que nos ocupa abarca desde una iluminada claridad hasta la más profunda oscuridad, representando el juicio de nuestro protagonista a partir de lo que se refleja en pantalla. La soledad y una cierta presión sobre sentirse observado nos acompañarán durante toda la aventura, provocando un sentimiento de incomodidad constante.

Reconectando circuitos perdidos

Sin embargo, el eje central de este título no es su fuerte carga expositiva, sino los puzles. Siendo aquello que nos permite avanzar, estos rompecabezas resultan, en su gran mayoría, muy mecánicos y dados al ensayo y error. Sin embargo, lejos de resultar repetitivos, son variados y, en numerosas ocasiones, dependientes entre sí para avanzar en el juego. Como una excusa, o más bien como una herramienta, para activar unos recuerdos que permanecen ocultos en nuestro baúl particular, esta automatización tiene su razón de ser.

Obligándonos a saber leer las claves que nos proporcionan los escenarios, estaremos solos con nuestra comprensión, sintiendo una indefensión semejante a la de nuestro protagonista ante su constante desorientación. Una sensación que se ve intensificada a causa de la falta de diálogos, a lo que se suma alguna que otra sombra y mecanismos que se nos antojan inquietantes y extraños.

No obstante, hallaremos cierta paz al finalizar determinados niveles, pues gozaremos de una breve tranquilidad al ponernos delante de un piano. Con unas sencillas notas tocadas a golpe de puntero, iremos recuperando un resquicio de lo que nos hacía felices antaño, una tenue luz que hará que sigamos adelante sin importar los obstáculos. Y es que el poder de repetir movimientos previamente aprendidos, como tocar un instrumento, va más allá de la pérdida de capacidades.

Caminos alternativos

Contándonos una historia real como la vida misma, Heal se vale de una atmósfera asfixiante y unos puzles mecánicos para ponernos en la piel de alguien que ha perdido el contacto con la realidad. Siendo el piano el único nexo con el mundo que lo rodea, no queda más remedio que apelar a él para reactivar ciertos recuerdos, puesto que intentar evocar las emociones suscitadas por la música puede, a su vez, reavivar nuestra memoria.

Los últimos compases del camino pueden ser duros, incluso incomprensibles, pero tal y como pretende mostrarnos Jesse Makkonen, eso no significa que tengamos que recorrerlos a solas. El amor de una vida se forja a tantos niveles que es harto complicado abandonar a las primeras de cambio. Y es precisamente ese intenso vínculo el que hará que nuestra existencia deje una huella imborrable en el tiempo.

Este análisis ha sido realizado gracias a una copia digital de PlayStation 4 facilitada por woovit.

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