Project Zero

Las fotografías son un medio de expresión que puede ser usado de diversas formas; en el periodismo comunica las noticias; en las revistas se muestra la vida de celebridades; en los anuncios, la capacidad de encantar y divertir a través del poder de las imágenes. Está claro que sentimos la necesidad de registrar de forma gráfica lo que vemos en el mundo que nos rodea en todos los tiempos, desde el oscuro dibujo que en las edades remotas adornaban las piedras de sus grutas hasta el hombre culto de nuestra historia.

Dicho de otra manera, la fotografía es la captura de un momento, una esencia, un suspiro que pasa a inmortalizarse y conservarse en el mismo estado durante años. No solo por lo que nos deja sino por lo que le permite lograr a la persona que la lleva a cabo. Y de eso sabe mucho Project Zero, una saga que recoge la esencia del terror japonés en cada uno de sus títulos y que puso de manifiesto el concepto de fotografía de espíritus, que se define como un tipo de fotografía que busca capturar imágenes de fantasmas u otras entidades paranormales.

Al fin y al cabo, nuestra compañera de viaje es la Cámara Oscura, una máxima que por supuesto se aplica en este Project Zero: Maiden of Black Water.

La tradición del suicidio ritual

Una obra que nos sitúa en el monte Hikami, una región inspirada en un lugar del archipiélago japonés, así como cómplice de numerosos suicidios y apariciones fantasmagóricas que conectan directamente con los tres protagonistas de la historia: Yuri Kozukata, una chica que tiene el poder de leer los secretos de los objetos que toca; Miu Hinasaki, una joven con la capacidad de sentir las emociones de las personas cuando las toca; y Ren Hojo, autor y amigo de Yuri que se acerca al Monte Hikami en busca de inspiración para su nueva obra.

Una historia con un reparto coral y que, por diferentes motivos, guardan una fuerte conexión en pos de ofrecernos un desarrollo en el que los vivos son atraídos a este sitio en particular y los muertos no encuentran la paz en sus tumbas. Bajo una apariencia que revela la existencia de episodios truculentos, la belleza del monte Hikami se ve relegada a un segundo plano, dado que quienes se adentran en el mismo reconocen sentirse abrumados por un mar de emociones. Es introducirse en un universo de silencio, en un mar de árboles profundo y oscuro, en el que perderse da la sensación de que se convierte en algo habitual. 

Obviamente, la imagen resulta desoladora, tanto para los personajes como para nosotros, los jugadores, gracias al ambiente profundamente místico que tanto profesa, pero también bastante tétrico del lugar. Después de todo, es a través de una ficción que nos lleva más de 10 horas para vislumbrar un desenlace que Project Zero: Maiden of Black Water levanta este potente imaginario de cariz fantástico donde los fantasmas campan a sus anchas. 

Humedades y filtraciones

La mitología japonesa es conocida por su extensa amalgama de seres del inframundo. Demonios, apariciones y bestias salvajes inundan la literatura nipona, y dentro del batiburrillo de “personajes” del otro mundo destacan los fantasmas, de todos los tipos, tamaños y poderes; espíritus  apartados de una pacífica vida tras la muerte debido a algo que les ocurrió en vida o por cometer suicidio. Entonces existen en la tierra hasta que puedan descansar en paz, ya sea realizando los rituales faltantes o resolviendo el conflicto emocional que los mantiene atados al plano físico.

O en nuestro caso, procediendo con extrema prudencia al rito del exorcismo, dado que el juego de marras, como sigue siendo habitual en la franquicia, nos insta a preparar la cámara para hacer frente a las diferentes amenazas, pero no con una cámara cualquiera. Además de su particular propuesta amparada en rituales oscuros y fuerzas fantasmagóricas, parte del encanto de Project Zero: Maiden of Black Water reside en hacer fotos como mecánica de combate en una especie de ritual exorcista.

En tales circunstancias, por medio de un aparato especial que no solo es capaz de ofrecernos pedazos de historias que parecen recuerdos lejanos, sino también de captar aquello que no debe existir en el plano de los vivos. Es un formato que late en el fondo de su estructura y que enfrenta esa sensación de indefensión que pone en peligro la integridad física o psicológica de los protagonistas frente al horror. Concretamente desde el momento en que por primera vez tomamos contacto con la primera amenaza.

El terror que acecha en la oscuridad

Manchas, malos olores, aire insalubre y una grave amenaza para nuestra salud. La humedad puede ser necesaria, pero también puede convertirse en nuestra peor pesadilla. A este respecto y sin miedo a acabar empapado, Project Zero: Maiden of Black Water comparte varias similitudes con varias películas de terror japonés, desde The Ring hasta Dark Water. Y por varias cosas: una, fundamental, su propósito de no moverse ni un ápice del terreno fantástico-terrorífico, y de hacerlo a la manera clásica, es decir, sin priorizar el despliegue de lo obvio, sin recurrir al hachazo y la sangre. 

En otras palabras, poniendo todo el sentido en la puesta en escena así como la necesidad de absorber la humedad para hacernos daño; en la creación de una angustiosa sensación de suspense; en el cuidadoso control del tempo narrativo.

Pero a la postre y a pesar de su conservadurismo, la obra videolúdica que nos ocupa destaca de sobremanera por la sensación de que todo puede suceder y, en cualquier momento, esa clásica descolocación ante lo irreal en la que tan a gusto se puede sentir cualquier amante del género. Es, por supuesto, una experiencia para interesados en obras que postulan metáforas mayores, desde el miedo a la destrucción de lo que se quiere y la irrupción de lo sobrenatural en un universo aparentemente controlado y sensato, hasta el suicidio como un acto ritual de autoinmolación y sacrificio.

Este análisis ha sido realizado gracias a una copia digital de PlayStation 4 facilitada por Koei Tecmo Europe.

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