Expediente Warren

Hay un poso ineludible de melancolía cuando una franquicia que marcó época intenta mirar hacia atrás y reencontrarse con su propia sombra. Con esta última entrega de Expediente Warren, se percibe de inmediato esa intención casi desesperada por despojarse de los excesos pirotécnicos, del ruido constante y de los artificios comerciales que terminaron por desvirtuar el universo cinematográfico de Ed y Lorraine Warren. Hay un afán genuino por regresar a la raíz: a la madera que cruje en el silencio de la noche, al peso sofocante de una casa embrujada y a la intimidad de una familia acorralada por lo intangible.

Y durante ciertos tramos, esa intención funciona como un eco reconfortante. Vera Farmiga y Patrick Wilson siguen aportando una humanidad desarmante a sus personajes; la devoción y la complicidad que proyectan continúan siendo el único corazón latiendo dentro de una maquinaria de sustos que, de otro modo, se sentiría completamente inerte. 

El último rito intenta tomarse su tiempo, construyendo una atmósfera donde la amenaza parece flotar en la cotidianidad de las sombras antes de manifestarse. Se siente el deseo de volver a aquel terror artesanal que en su momento nos hizo mirar dos veces las esquinas oscuras de nuestra propia habitación.

El peso del tiempo sobre una fórmula agotada

Sin embargo, querer no siempre es poder, y el paso del tiempo pasa una factura inevitable. La brillantez de antaño, aquella capacidad casi prodigiosa para manipular la tensión, para reinventar el espacio de una habitación o para sostener una mirada fija hasta que el pulso se aceleraba, brilla aquí por su ausencia. La dirección intenta replicar aquellos mecanismos, pero la ejecución se siente cansada, como el gesto automático de alguien que ejecuta una rutina mil veces ensayada.

Las pausas ya no generan expectación, sino anticipación predecible; los silencios ya no hielan la sangre, simplemente anuncian el golpe de efecto que sabemos que vendrá a continuación. Es la manifestación tangible de un formato que ha quemado sus naves y que ha exprimido su propia mitología hasta dejarla exhausta, convirtiendo la añoranza del clásico en un mero ejercicio de repetición.

Un cierre precipitado y repleto de ausencias

Lo más doloroso de El último rito no es su falta de frescura, sino la sensación de desencanto que deja su tramo final. Una historia que ha acompañado al público durante más de un decenio merecía una despedida a la altura del mito que construyó. En lugar de ofrecer un cierre valiente, que asuma riesgos emocionales o narrativos y que dé un sentido pleno al periplo de sus protagonistas, el clímax tropieza torpemente.

Se precipita, intenta atar cabos a toda prisa y acaba resolviendo conflictos centrales con atajos poco convincentes, dejando por el camino bastantes hilos deshilachados y una molesta sensación de inconclusión. Es un desenlace repleto de deberes pendientes, de «debes» con el espectador que esperaba una traca final memorable y se encuentra, en cambio, con una salida atropellada y excesivamente complaciente.

El eco de una casa vacía

Al final, queda la imagen de una saga que intenta despedirse con dignidad buscando la sombra del hogar donde fue feliz, pero que termina revelando que la casa lleva mucho tiempo vacía. Es un ejercicio de nostalgia comprensible y no del todo desprovisto de cariño, pero incapaz de ocultar la evidencia de que la chispa se apagó hace tiempo.

Esta reseña ha sido realizada gracias a una suscripción adquirida a través de HBO Max.