Scream 7

Los fantasmas de experiencias personales pasadas son inherentes a la condición humana. Algunos solo los tienen como consecuencia de malas acciones conscientes, semiconscientes o inconscientes. Otros solo los acumulan como consecuencia de buenas acciones conscientes (muchas veces cargadas de ingenuidad). Y los hay que cuentan en su haber con ambas. Pero, en todo caso, son justamente estos espectros personales con los que convivimos en la intimidad los que nos permiten, como fuerza revulsiva propia de los maestros de vida, trascendernos como seres humanos a imagen y semejanza de la flor de loto que surge a partir del lodo.

Y obras como la saga Scream y esta séptima entrega, se amparan en esta máxima, mostrándonos a una Sidney Prescott que tendrá que confrontar nuevamente su pasado y poner fin a la violencia que parece nunca terminar. Y que está visto que no lo va a hacer aquí, a tenor del rendimiento inicial de esta Scream 7. Porque más allá de que todas sus iteraciones sean consideradas como cine meta (meta-terror o metaficción) y es, de hecho, uno de los ejemplos más icónicos y exitosos de este estilo, muchas de las entregas siempre se han caracterizado por «jugar con el pasado», utilizando la nostalgia y el legado como motores narrativos, especialmente en sus entregas más recientes.

Porque al final, Scream 7 es eso. Apela a la complicidad con el espectador y lanza preguntas sorprendentemente filosóficas para una película de terror: ¿quién es responsable de nuestros actos (en este caso, del asesinato)? ¿Hasta qué punto son culpables de un acto las personas que no están implicadas? La idea de que las personas son responsables de sus actos no es nada novedosa. Sin embargo, es una idea que hoy en día está pasando de moda, ya que la gente busca cada vez más culpar a las fuerzas externas de sus circunstancias.

¿Te gustan las películas de terror?

Si bien, también es una de cal y otra de arena en este sentido: por más que todas las bromas autorreferenciales de turno aligeren el tono de la cinta y casen con el espíritu de lo que se espera de ella (hay conversaciones sobre el propio cine de terror y una buena dosis de humor meta), se cargan también los crescendos narrativos y, peor aún, la trama no llega a un final tan satisfactorio como el de las entregas inmediatamente más anteriores

Dicho de otra manera, si Scream 6 consiguió solidificar el mito de Ghostface con una película que sigue la buena racha de la saga sin grandes sorpresas, añadiendo nuevos elementos típicamente neoyorquinos como callejones, pisos enanos, universidades y transporte público para dar la sensación de cambiarlo todo, Scream 7 abraza un límite continuista quizá excesivo.

Después de todo, son muchos flecos en una cinta que, aunque resulta entretenida y aborda temas interesantes como la ética de la inteligencia artificial, lleva del dejà vu a la decepción a pesar de sus encomiables esfuerzos por mantenerse fiel a los principios de Craven, algo que se queda en intento… y es que no es fácil medirse con alguien que manejaba el lenguaje cinematográfico como pocos y logró modernizar los códigos del género.

Esta reseña ha sido realizada después de haber acudido a los cines CINESA SALERA el pasado 27 de febrero.

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