En algunas culturas existe la superstición de que cuando a alguien le hacen una fotografía, esa instantánea se apropia no sólo de la imagen de la persona retratada, sino también de su alma. Después de todo, cada fotografía que nos hacen es una réplica de nosotros, pero no representa todo nuestro ser.
Antes, con un puñado de instantáneas acumuladas a lo largo de toda una vida, instantáneas en las que no se disimulaban los posados, la cosa era soportable. Ahora en cambio, parecemos condenados a querer transmitir, conservar y retener la vida a través de la sucesión diaria y apabullante de nuestras imágenes presuntamente naturales. La instantánea a día de hoy parece muchas veces el fin que da sentido a nuestra existencia.
No hacerse fotografías es una manera de liberarse de la esclavitud del posado que, sigilosamente, condiciona el comportamiento. Porque tal vez sea verdad que cada fotografía que hacemos nos arrebata, sino un pedazo de nuestra alma, sí un poco de autenticidad a la hora de vivir.
Bajo este pretexto, juegos como Fatal Frame II: Crimson Butterfly tienen el poder de revelarnos algo a través de las imágenes que capturamos con nuestra cámara de fotos. Porque en tanto que hacemos fotografías a lo largo de la aventura, que no nos llevará más de 8-9 horas completar, todo se ve más claro y al mismo tiempo más misterioso. Los recuerdos se hacen más profundos, nuestra realidad más intensa. A este respecto, mediante una aventura que recoge varias leyendas urbanas del país del sol naciente, superponiendo tradiciones más antiguas como rituales oscuros, sacrificios y fuerzas fantasmagóricas, con ideas extranjeras más nuevas.
El simbolismo de la mariposa tras una pérdida
Una aventura que sigue a las gemelas Mio y Mayu Amakura, quienes quedan atrapadas en la maldición de la «Aldea Perdida» (Minakami) y el oscuro secreto de un ritual fallido. Con todo esto, la obra que protagoniza estas líneas nos brinda, entre otras cosas, una metáfora que simboliza el más profundo cambio de un individuo. Una evolución que inicia desde el interior y no desde ningún otro espacio, ni a través de la influencia de otro ser o circunstancia exterior.

Su proceso, no obstante, no tiene comparación en el mundo animal, y nosotros solo podemos reflejarnos en él cuando realizamos un viaje hacia nuestro interior. Un descubrimiento personal, íntimo e intransferible que, de alguna forma, también encuentra un hueco para dar belleza a elementos que popularmente no lo son. Una belleza que tarde o temprano acaba capturando al jugador.
Lo que tus ojos ven; la cámara captura lo que observa tu alma
La mitología japonesa es conocida por su extensa amalgama de seres del inframundo. Demonios, apariciones y bestias salvajes inundan la literatura nipona, y dentro del batiburrillo de “personajes” del otro mundo destacan los fantasmas, de todos los tipos, tamaños y poderes; espíritus apartados de una pacífica vida tras la muerte debido a algo que les ocurrió en vida o por cometer suicidio. Entonces existen en la tierra hasta que puedan descansar en paz, ya sea realizando los rituales faltantes o resolviendo el conflicto emocional que los mantiene atados al plano físico.
O en nuestro caso, procediendo con extrema prudencia al rito del exorcismo, dado que el juego de marras, como sigue siendo habitual en la franquicia, nos insta a preparar la cámara para hacer frente a las diferentes amenazas, pero no con una cámara cualquiera. Además de su particular propuesta amparada en rituales oscuros y fuerzas fantasmagóricas, parte del encanto de Fatal Frame II: Crimson Butterfly reside en hacer fotos como mecánica de combate en una especie de ritual exorcista. Tanto es así que no podríamos entender la saga de marras sin la herramienta que tenemos entre manos.

En tales circunstancias, este aparato especial no solo es capaz de ofrecernos pedazos de historias que parecen recuerdos lejanos, sino también de captar aquello que no debe existir en el plano de los vivos. Es un formato que late en el fondo de su estructura y que enfrenta esa sensación de indefensión que pone en peligro la integridad física o psicológica de las protagonistas frente al horror. Concretamente desde el momento en que por primera vez tomamos contacto con la primera amenaza.
Así, factores como ajustar el timing de nuestra foto al momento en el que nos ataquen o esperar a que estén rodeados de esferas ampliará el daño que hagamos, abrirá la oportunidad de soltar ráfagas de fotos o influirá en la cantidad de esencia que podamos absorber de ellos.
El vacío transformador del duelo
Cuando jugamos a una obra de terror, nuestros cerebros están funcionando a todo ritmo, con muchas conversaciones cruzadas interconectadas entre diferentes regiones para anticipar las amenazas percibidas y prepararse para responder en consecuencia. Fatal Frame II: Crimson Butterfly no es una excepción a dicha regla, dado que esa sensación progresiva de premonición en un entorno espeluznante, con la creciente sensación de que algo no está del todo bien, y la respuesta instintiva que tenemos a una aparición repentina inesperada de una amenaza, termina manipulando el tiempo en términos de percepción visual y auditiva.

Es, por supuesto, una experiencia para interesados en obras que postulan metáforas mayores, desde el miedo a la destrucción de lo que se quiere y la irrupción de lo sobrenatural en un universo aparentemente controlado y sensato, hasta el suicidio como un acto ritual de autoinmolación y sacrificio.
Este análisis ha sido realizado gracias a una clave digital de PlayStation 5 facilitada por Koei Tecmo Europe.






















