Cualquier historia que se precie tiene un eje conductor relacionado con la motivación del protagonista. Y la venganza suele ser uno de los motivos más populares. Quizá el atractivo de estas historias venga dado por la transformación del personaje y las consecuencias en este y en su entorno más próximo, puesto que saber cómo se afrontará ese conflicto siempre despierta nuestra curiosidad.
Nos podríamos preguntar qué hay detrás de esa persecución enfermiza para procurar el mismo mal que nos han provocado –u otro aún peor–. ¿Había un odio desmesurado previamente? ¿El enfado y la rabia nos han nublado el juicio? ¿Se ha destapado alguna especie de trauma personal que nos ha desestabilizado? Sin duda, la gestión de un acontecimiento de estas proporciones no es algo fácil de digerir y, mucho menos, de lograr superar por nuestra cuenta.
Todo esto es lo que Mamoru Hosoda intenta enseñarnos en Scarlet, su obra más reciente en la que nos muestra una princesa medieval cegada por la venganza para intentar ofrecer una posible justificación ante el camino elegido ante una situación de ajuste de cuentas.
Un árido desierto por el que caminar
Un potente inicio visual que nos presenta a la propia Scarlet rodeada de sufrimiento deja paso a una contextualización del conflicto en la que resulta más que evidente la inspiración en la obra de Shakespeare Hamlet. Sin embargo, esto sirve únicamente de excusa para encender la llama del argumento y ofrecer el hilo conductor de la obra, justificando la motivación de la princesa guerrera y por qué esa fijación desmedida. Porque si hay algo en lo que Scarlet no se anda con sutilezas es en preguntarnos qué es lo que nos mueve como humanos, cuál es el motor de nuestras acciones y lo que posibilita que sigamos avanzando.
Así, el Otro Mundo se convierte en el caldo de cultivo perfecto para adentrarnos en lo más profundo de nuestro ser y valorar cómo vamos a comportarnos en un ambiente hostil. El páramo que es este escenario supone un catalizador para seguir avanzando sin mirar atrás ni contemplar otras alternativas.
Pero entre tanta amplitud, Scarlet es capaz de bailar alrededor de conceptos como la muerte, el conflicto y el altruismo, precisamente, porque pone su foco en los personajes y su idiosincrasia. De este modo, la cinta de Hosoda pone en una balanza conceptos como el individualismo o el bien inmediato y los compara con la búsqueda del bienestar social y de las futuras generaciones, usando todos estos elementos para lanzar un claro mensaje antibelicista.
Víctimas de la corriente vital
Para plantear todas estas cuestiones, Scarlet hace gala de un apartado artístico que puede no ser tan espectacular como las cintas de Makoto Shinkai, pero que destaca por la alta expresividad de los personajes y unos diseños que, de una forma u otra, logra captar la esencia y personalidad de los principales vehículos de la acción. En esta línea, observamos un dúo protagonista totalmente dispar, fruto del marco temporal del que provienen, y que difieren, a su vez, en la forma de ver el mundo. Una diferencia que a lo largo de la obra establece un diálogo constante sobre qué es realmente indispensable para nosotros.
Asimismo, y completando el apartado audiovisual, a la banda sonora ambiental y situacional de la obra se suma un llamativo tema vocal que conduce hacia el punto de inflexión argumental, que también implica una convergencia entre Scarlet y el espectador –además de una clara reminiscencia a La La Land–. En este sentido, logramos comprender que hay variables vitales que no se pueden cambiar y que hemos de aprender a jugar con las cartas que nos han tocado, intentando no resignarnos ante el cruel destino.
Muéstrame, por favor, el amor en todas sus formas
Mamoru Hosoda nos brinda una obra en la que va poniendo sus propias piezas poco a poco, hasta acabar formando un puzle cargado de crecimiento y perdón. Quizá tarde un poco en empezar a definirse, pero Scarlet es un camino lleno de migas de pan que, nos gusten más o nos gusten menos, acaban tomando forma.
Desde el momento en el que vivimos en sociedad, es inevitable que el resto de personas nos influya de infinidad de modos que ni imaginamos. No sabemos si toda unión hace la fuerza, pero, desde luego, abandonarse al desdén no trae nada bueno para nadie. Aun con todo, tal y como somos testigos en Scarlet, la vida se cuenta por etapas, algunas de las cuales no se recuerdan positivamente, pero mediante las cuales podemos fortalecer nuestro escudo y, por qué no, nuestro afecto.
Esta reseña ha sido realizada después de haber acudido a los cines CINESA SALERA el pasado 27 de febrero.





















